A pesar de los problemas de la pandemia que afecta a todo el mundo, decidimos realizar igualmente nuestro Mes Hispano Cultural, con el propósito de seguir divulgando la cultura andaluza, para nuestra seguridad y la de los demás, ocupamos internet como modo de comunicación.

   Para finalizar el Mes Hispano, comenzamos con la magnífica presentación de Flamenco Triana, desde su tablao en Viña del Mar vía streaming. Aquí les dejamos el link de la presentación completa: https://youtu.be/Mt9TCA13npw, una vez finalizado el espectáculo dimos comienzo a la asamblea por Zoom, donde disfrutamos un emotivo video preparado especialmente para la ocasión, un compacto de todas nuestras anteriores procesiones, celebraciones y fiestas del Día del Rocío.

     Nuestros amigos Hilda y Luis, tuvieron oportunidad de recibir en Chile a Ángel Olgoso, artista y poeta andaluz, radicado en Granada. De este periplo a nuestra Región, Ángel escribió unas memorias de viaje, donde logra captar perfectamente nuestra idiosincrasia. Los invitamos a ver un reportaje realizado por Marcela Campos, Claudio Durán, Gastón Centeno y con la conducción de Hilda Campos, Ariana Arias y Luis Roca Zela. Al final de esta página encontrarán el texto completo "Chile en el Corazón" de Ángel Olgoso

Otra de las actividades culturales fue gastronómica, recayó en Germán Dueñas Centeno, que nos enseñó a preparar un deliciosa tortilla de papas, filmación hecha en la cocina de su casa y filmada por Patricia Fierro.

     Nuestra segunda actividad fue la participación de Marisol Utreras Guerra, que nos llevó a conocer un poco más la poesía andaluza, a través de un recorrido por diferentes poetas y cantantes.

     Como tercera semana de actividades Gastón Centeno Pozo nos enseñó como estampar en cerámica y tela, usando los mínimos elementos para poder intentarlo en casa.

     A continuación el texto completo de las crónicas de Ángel Olgoso

CHILE EN EL CORAZÓN

15 de agosto 2017. Bodas de diamante.

     Zambullida familiar el primer día. Héctor (Tito) y Elena celebran sus 60 años de matrimonio. Discretos, se palpa que se quieren y que los quieren. Amor ideal, perdurable, una dulce cadena de sucedidos y labores en común. Me reafirmo, la persona discreta es el verdadero héroe. Esta casa en el barrio de Agua Santa ganó hace años un premio en el concurso de patios de Viña del Mar: porche acristalado con helechos, mecedoras de mimbre, estanque de madera con lotos, y los copihues más raros, de flores rosas y blancas en lugar de rojas. La fiesta es una kermesse alegre y abundante. Bebidas, aperitivos, sandwichitos (primer encuentro con la palta omnipresente), confites y una torta de crema y piña, regia en su humildad. Alguien toca la guitarra. Todos cantan. Marina lee un homenaje a la tía Tita. Se reparten ponchos y sombreros blancos. El alborozo de parecer otro. Hoy, un huaso y su china. Kubrick nunca consideró una prioridad relacionarse personalmente con otros seres humanos: tal vez la numerosa familia Tapia Contardo le hubiera hecho cambiar de idea, disfrutaría estando "donde las papas queman".


16 de agosto. Valparaíso.

      Casita de la abuela María en el cerro Playa Ancha. Madera en piso, paredes o techo. Numerosos cuadros de Iván, padre de Marina. Biblioteca del abuelo Sergio, gran lector y gran irónico, que trabajó en el muelle de Valpo. Un corralito con plantas y gallinas con nombre que la abuela mima. La señora María (sus modales, sus encantadores Allô?, sus sonrisas pícaras) fue guapísima de joven (he visto una foto) y lo sigue siendo ahora, diez años después de enviudar. Activa, toda una fuerza de la naturaleza (como el mismo Chile), es la jardinera del pasaje frente a la casa (dengues, duraznos, manzanillón), un generoso pilar de la comunidad y de la iglesia luterana. Asistimos a un culto en el austero templo, a dos calles de distancia. Nos presenta al pastor. Hacía 50 años que no cantaba en una iglesia, desde que fui monaguillo en Cúllar Vega. Sentados en nuestro banco, le improviso a Marina por lo bajo "El gozo de Olgoso", adecuándome a la música del libro de canciones. Nota: consultar con Iván el término eucarístico de la anámnesis. Desde la ventana del dormitorio en que descansaremos, inmejorables vistas del puerto y de los cerros de Valparaíso: mosaico multicolor de día; de noche, todas las luciérnagas del mundo reunidas en una loma. Temprano por la mañana, tras comprar verduras en la feria popular, bajamos a pie, alegres como dos jóvenes pololos. La boca abierta ante tal profusión de caserones victorianos de madera con fachadas de colores vivos. Transporte publico que parece reproducirse y desdoblarse mágica y ruidosamente. Como los grafitis y los tejados de uralita o de chapa de container de barco. Pese a que aquí es invierno, nos bañamos en la playa Las Torpederas. Tras mi ansiado bautizo en el Pacífico, Marina compra a un vendedor callejero -que porta el género en un cajón de plumavit colgado a la espalda- su propia magdalena de Proust: un delicioso helado de lúcuma. Seguimos el paseo litoral. Lo que a mí me hiela es un rótulo semejante a una señal de tráfico: ALERTA DE TSUNAMIS. Hay pelícanos entre las rocas. Llegamos a la Piedra Feliz, altar de animitas ante los restos del peñón desde el que las almas torturadas se suicidaban, arrojándose al mar entre los cochahuyos (algas como tallos viscosos, como tentáculos de pulpos gigantes). En la costera plaza Rubén Darío se leían poemas bajo su amplio árbol o al lado de las columnas y la estatua "La República". Se nos cae la cámara -compañera fiel- en la caleta El Membrillo. Aunque herida, sigue disparando para nosotros como una ametralladora silenciosa, atesorando maravillados momentos e imágenes indelebles. La abuela María nos ha preparado arroz con pollo y chorito (lo llamo en broma "paella mar y montaña") y saca de una balda escondida un almibarado mote con huesillo. Para ocasiones especiales.

17 de agosto. Cerro Cárcel.

      El paseo como un centro de llamadas al pasado. Marina ya compartió conmigo todos los recuerdos de una niñez errante. En este cerro están algunos de esos fenotipos. Y sus metamorfosis: el caserón antiguo en cuya segunda planta vivió la familia (Pamela, Iván, Marina, Gloria y Daniel) es ahora un hostal; la parroquia San Judas Tadeo, en la que el padre Pedro organizaba un comedor social, se ha convertido en Teatro Museo del Títere y el Payaso; y la cercana Cárcel Pública en un Parque Cultural. Visitamos el colegio Pedro Montt, en la plaza Bismark, donde Marina ganó uno de sus premios nacionales, consiguiendo para el veterano centro educativo el primer ordenador que llegó allí, pero no nos permiten acceder en horas de clase. En la Escuela de Bellas Artes (jardín con esculturas, piso rechinante de madera, olor penetrante a óleo) Marina me presenta a Del Sante, uno de los profesores de antaño, actualmente director. En el Cementerio nº 2 (atrio neoclásico, tumbas aristocráticas, cosmopolitas, excéntricas) fantaseamos con sobrenombres: Grace Marina Lyons Tapia Cochrane. "Once" familiar, palta y más palta, y litros de té, que sabe a té de verdad. Tarde en el inmersivo Museo de Ciencias Naturales. Plazas Victoria y Simón Bolívar, donde jugamos al futbolín (Taca Taca) junto a los columpios en los que ella montaba de niña. Parque con una dominante columna de Rómulo y Remo donada por la colonia italiana. La sede del periódico El Mercurio. Imposible encontrar víveres sin azúcar. Dulces por doquier, pantagruélicos, de fantasía. Buscando señal wifi desesperadamente (pronúnciese wai fai). Marina investiga incansable, interroga concienzuda. Ella siempre ha confiado -como la Blanche Dubois de Un tranvía llamado deseo- en la bondad de los desconocidos. Cambio de divisas. Constantes cálculos y fintas matemáticas. Cuesta acostumbrarse psicológicamente a la equivalencia, cualquier cosita, cualquier cachureo, cuesta miles de pesos. Caemos rendidos en la cama. Sigo sin saber si por la noche los espejos duermen con los ojos abiertos.

18 de agosto. El Quijote en Valparaíso.

      Grata velada en la casa de Elenita e Iván en la Avenida Francia. Él la llama Galería Q. Además de ferviente de El Quijote, es un hombre del Renacimiento (pintor, poeta, profesor de ciegos, pastor religioso, dinamizador cultural). Creador tenaz y curioso, Iván puede pasar en instantes de la carcajada a la seriedad más profunda. Elenita tampoco se queda atrás: hija de la poeta Elena Sepúlveda, profesora, seguidora del Cuarto Camino de Gurdjieff, escribe e imparte talleres de Ergogénesis, Sonoterapia o Danza Circular. El piso, de techos altísimos, está atestado de cuadros de distintas etapas pictóricas, de libros y colecciones de objetos, con exposiciones compendiadas en cada descansillo, en cada recoveco. Han habilitado también una sala mayor para sesiones poéticas grupales y para el culto, oraciones que Iván prepara escrupulosamente. Además de una vivienda-galería-museo, la consideran un Arca de Noé (dada la felicidad manifiesta de sus inquilinos, más apropiado sería llamarla El Cielo de los Perros y los Gatos). Iván rebusca ufano en su repleto despacho hasta encontrar dibujos y poemas de infancia de Marina. Nos regala dos sugestivas acuarelas -podemos elegir- de su serie El Quijote en Valparaíso, e incluso un enorme lienzo de su primera época, un tornasol de pigmentos que enrosca diligente en un tubo de cartón rígido, listo para atravesar el Atlántico. Llueve afuera cunado nos despedimos. La puerta de la calle se abre desde la segunda planta, con un tirón seco, mediante un cordelito que desciende todas las empinadas escaleras. No me atrevo a mencionarle a Iván esa greguería de De Ory, "la palabra poeta es una falta de ortografía de Dios".


19 de agosto. Isla Negra.

      El viento, frío y desafiante. El aroma a algas del roquerío, embriagador. El océano, salvaje. Pasada la fronda de El Totoral, por una módica boleta de siete mil pesos, acceso a este gabinete de maravillas que jamás pensé que podría pisar alguna vez en mi vida. Semillero marino. Un armadillo de piedra y madera con el corazón de vidrios de color. Ordenado horror vacui. Prohibido hacer fotos en el interior de este bazar portentoso. Neruda, atractor de lunas. Hospitalidad, poetas, marineros, mujeres, Fiestas Patrias. Este lugar dinamita el axioma de Pirandello (la vita, o si vive o si scrive). Belleza pulcramente amontonada. Imaginas a Neruda como un risueño chamarilero regateando en todos los mercados del globo, como un vendedor fluvial de flores en Cachemira, como un voceador en El Rastro. Todo lo sencillo es hermoso. Conmovedor ese caballo de madera que le impresionó en su niñez, que logró comprar décadas después e hizo traer aquí desde el Sur, atravesando medio Chile. Te explican que la casa fue creciendo a partir de la cabaña de piedra de un marino español, que Pablo (extraño que desaprovechara su fértil onomástica, Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto) se encerraba a escribir en la Covacha, que la mayoría de las colecciones están vinculas al mar (mascarones, caracolas y conchas, mapas, réplicas de veleros, dientes de cachalote). La vigilante -a sugerencia suya- nos concede un vistazo clandestino al retrete, donde cuelga el frac que llevó en la entrega del Nobel. Envidia y decepción simultáneas al comprobar la vanidosa opinión que tenía Neruda de su posición en el mundo ("El Océano Pacífico se salía del mapa. No había donde ponerlo. Era tan grande, desordenado y azul que no cabía en ninguna parte. Por eso lo dejaron frente a mi ventana"). Tres souvenirs: un caballito de mar hecho con arena prensada de playa, una bonita edición de Estravagario, una botella de cristal de colores con el poema 15. Comida suculenta en la rotisería El Rincón de Florencia. Una arrebatadora paila de mariscos con el intenso sabor del piure, empanadas y cachitos de manjar. Larguísimas calles en El Quisco. Una especie de intemperie lujosa. Misterioso pájaros posados a unos metros. Bandas de mansos perros. Cuidados letreros de las calles con nombres de escritores y estrofas enteras. Aprendo nuevos nombres de árboles (hualo, peumo, litre) Toda esta zona de la V Región, todo Chile, me trae a la mente el verso de Rafael Cadenas: "Recibe a tu alrededor como un amante". De regreso a España, Marina promete reproducir para nosotros el emblema de la Fundación Neruda -un pez dentro de una esfera armilar- en un viejo madero.


20 de agosto. Pachilda.

      La generosa Hilda y el vitalista Pacho nos invitan a un asado familiar en su casa de campo de la Comuna de Olmué. Este pequeño fundo es un paraíso. Piscina. Cabaña para invitados. Foso para producir compost propio. Quincho para el asado. Vivienda de piedra, madera y cristal, con chimenea. Terreno arbolado (boldo, palma, cactus, míticas araucarias) y alfombrado con dedalitos de oro y espuelas de galán. Marina me susurra: "Nuestro destino quizá no sea un lugar, sino estar juntos". Pero ojalá lo fuera éste, frente al cerro La Campana de la Cordillera de la Costa. Amena y cariñosa compañía. Sabrosísimo asado con choripán, verduras y anticuchos. Entre el pudor y el deseo de compartir nuestra pasión. Me digo: cuanto más imposible, mayor es el amor. Como niños, Marina y yo nos columpiamos de pie en la gruesa rueda que cuelga de un árbol. Pacho -médico peruano- prepara un pisco puro y me habla de la mitología inca. Lleva el apellido de dos de sus emperadores, Sinchi Roca e Inca Roca, y de un joven torero, Roca Rey. Pacho también escribe relatos. Me cuenta el conmovedor argumento de uno de ellos, Azabache, un potro de leyenda del valle de Quilimarí. En el invernadero atrapamos con delicadeza un diminuto picaflor, un colibrí irisado, casi incorpóreo. Es como tener un milagro entre las manos, una llamita cambiante entre los dedos. Hilda lo deja libre. Vino atraído por las flores de este edén. Yo también succiono el néctar de la amistad: la abuelita María, Iván y Elena, Moisés y Alicia, Marco, los jóvenes, los niños. Moisés y Alicia nos llevan en su coche a Santiago, donde viven. Música chilena en el CD. Me propongo hacerme con una muestra antológica (cuecas, tonadas, payas, valses chilotes). De noche, compramos una bolsa de tunas en un puesto de carretera. Y nos detenemos también en Tiltil, justo en el sitio en que, 200 años antes, fue asesinado por la espalda el guerrillero Manuel Rodríguez, uno de los padres de patria. "¡Jamás el héroe muere!", se lee en el monolito.


21 de agosto. Santiago.

      Un nudo en la garganta en la explanada frente al Palacio de la Moneda. Uno cree ver a Allende, que sale escoltado por la puerta con casco y fusil mientras mira hacia el cielo. Patiperreando museos: Histórico, Bellas Artes (punzada de dolor por cada grafiti en mármoles y estatuas del exterior), Centro Gabriela Mistral (inusitadamente moderno), la Chascona (la casa más funcional de Neruda, en el bohemio barrio de Bellavista), la Catedral (se siente uno súbitamente trasladado a España). Primera vista del sobrecogedor esternón de los Andes nevados desde los jardines del cerro Santa Lucía. Rotunda cazuela de vacuno con choclo. Noche en casa de tía Luzmira, en el distrito La Cisterna: afabilidad y un espacioso huerto florido. En esas afueras, planas, infinitas, con construcciones de un solo piso, perros y más perros, como en todas partes. Solos o en grupo, sin collar, grandes, gordos, de una inquietante mansedumbre. Y negocios con nombres deliciosamente arcaicos (emporio, botillería, abarrote, florería, boliche, fiambrería, remolienda). Avalancha en el Metro, colapsado por multitudes que se apretujan en los accesos a las vías. Pero hermosos murales y pinturas colosales. Una vez más, el turista como ese pez-perro que se come la carne pegada al hueso que queda cuando las pirañas ya se han saciado.


22 de agosto. Viña del Mar.

      Telegrama de la Ciudad Jardín: Palacete y jardines imponentes de la Quinta Vergara, junto a la sede del Festival de Música. Inmensa, panorámica, la Laguna Sausalito, con sus aves cerca de la orilla y el abandonado barco a vapor del Mississippi. Plaza Recreo y sus coches Victoria de caballos. El Reloj de Flores, la Galería Carrusel, el Casino y el castillo Wülff al fondo. Tentación irresoluble de los cuchiflís y los alfajores. Nuestra lectura conjunta, al atardecer, en la galería de arte Modigliani. HECHOS A MEDIDA. Marbete perfecto para este acto. Rodeados de cuadros, amigos y familiares, nos presenta Iván. Al alimón, Marina lee poemas y yo relatos. Lo que no decimos: somos escritores con talento, pero demasiado discretos. Y pobres. De índole austera, se nos conocerá poco, tarde y mal. Sin embargo, seguiremos fraguando proyectos a nuestro aire, sumando sensibilidades, mancomunados plena e incondicionalmente. Es cierto, la felicidad no se puede declinar ni describir. Con Marina, sí.


23 de agosto. Las micros y los ascensores de Valpo.

      Según las últimas estadísticas, hay 45 cerros (unos aparecen y otro desaparecen) y 16 ascensores de hierro y madera en funcionamiento. Túnel kilométrico, oscuro y musgoso hasta la torre del Polanco (el encargado nos confiesa que hace años que procura no pensar en terremotos). Subimos en el ascensor Artillería. Y en el de Concepción. No son los de mayor gradiente, pero al final está el Museo Mirador del dibujante y humorista Lukas (Iván nos regalará su Bestiario del Reyno de Chile). Dolor de muelas. Veo auténticas selvas de cables en las calles, con sus lianas superpuestas o entrelazadas, invadiendo las alturas. Y grafitis que llegan hasta el cuarto nivel de las fachadas. Y murales en cada espacio libre (portones, escalinatas, chaflanes, paramentos), verdaderas obras de arte e ingeniosos trampantojos. Imaginación y color reventando a cielo abierto, salpicando todos los cerros y desparramándose hacia el Plan, la zona llana de la ciudad. Mi top-ten de los nombres de cerros más hermosos: Los Placeres, Esperanza, Bellavista, Alegre, Lecheros, Ramaditas, Delicias, Arrayán, Mariposa, Florida. Pero los funiculares porteños parecen inmóviles al lado del endemoniado tráfico. Un vertiginoso ejército de microbuses, trolebuses y colectivos. Legiones de enloquecidos conductores manejando las micros de paradero en paradero, del rodoviario a cada destino, sólo frenados en seco por metódicos inspectores de ruta que brotan y se esfuman. Tres, cinco, diez micros en el mismo punto y al mismo tiempo. Barrocas, personalizadas micros (neones en la 611, cumbia en la 902, equipamiento futbolístico en la 516). Pasmado ante la deferencia de algunos conductores: "Un gusto, dama, que le vaya a usted bien". Preveo que, de retorno a Granada, los autobuses nos parecerán moverse a cámara lenta, relánguidos, y los chóferes serán secos y graves como piedras Una cerveza con divisa de pirata en el Liberty. De camino al puerto, tomo conciencia de que los millares de humildes puestecitos ambulantes son una espita salvadora, evitando que reviente la olla a presión de una miseria generalizada. Grúas. Desembarcadero. Espigones. Por el borde costero se nos une un perro, camina a la par nuestra y se detiene si lo hacemos (como aquel chucho fiel, hace 40 años, en la vereda que llevaba a Cúllar Vega). La infinita compasión de su mirada.


24 de agosto. Sur de Chile.

      Se me hace la boca agua sólo con pronunciar Carretera Austral. 12 horas de autobús nocturno, de chaparrón ininterrumpido, incluso dentro de este Turbus: saltamos de una asiento semicama a otro, esquivando las sagaces goteras que se filtran diligentemente desde la cubierta. "Moverse es deletéreo", decía Falubert. Y a mí me imposibilita dormir, como de costumbre. El amanecer nos ofrece suculentos paisajes lavados, vastos, comestibles, con distintos tonos de un nutritivo verde, con sus esteros y sus pastos, sus altozanos y sus bosques pletóricos, con el copete de su casita en la lejanía, con el aderezo de su galpón, sus maquinarias y su ganado. Las Tierras del crepúsculo, las llamó Harold Bloom en referencia a Nicanor Parra. Son tal y como las recordaba por mi lectura juvenil de Confieso que he vivido. Neruda me guió entre el frío, la lluvia infatigable y la vegetación húmeda y primigenia. Nota: EL SUR ES TU NORTE me parece de pronto el mejor eslogan del siglo. Camiones con su doloroso cargamento de lustrosos troncos para las serrerías. Una naturaleza en estado puro -y en peligro- que también rezumaba la caudalosa lírica de Pablo de Rokha, hecha de toro y pólvora, de pámpanos y toneles retumbantes; al que imité en Poema de la agonía y con el que gané en 1976 el Premio F. G. Lorca del instituto F. G. Lorca, consistente en las Obras completas de F. G. Lorca. Ecos lorquianos. Nos bajamos en Puerto Montt con intención de dirigirnos a la isla de Chiloé (sus singulares palafitos son una parada obligatoria para el autor del relato Los palafitos) pero con el temporal que azota la zona corremos peligro de quedar allí incomunicados, sin ferry de vuelta. Optamos por Frutillar y el lago Llanquihue. De paso, intentamos en vano acceder a los Saltos del Petrohué: hoy precisamente está cerrado el Parque Nacional por acondicionamiento para minusválidos de un sendero. El personal no se apiada con mi insistente y demoledor argumento -13 horas de avión desde España y 12 horas de bus desde Valparaíso-. Ni con mi desesperado intento de soborno. Caminando bajo la lluvia, subimos hasta el Lago de Todos los Santos. Contratamos un paseo en barco. Al punto se levanta marejada. Nunca había visto olas en un lago. Nos ajustamos bien los chalecos salvavidas, esforzándonos en mantener la calma y el equilibrio. Preparo mentalmente un exótico obituario. Sobrevivimos. La colonia alemana ha hecho de Frutillar un anexo del Tirol o de la Selva Negra, con sus museos, iglesias y clubes propios (exquisito por cierto -según Marina- el kuchen de murtilla con manzana). Más contratiempos: la bruma impide la visión del fastuoso volcán Osorno sobre el lago Llanquihue. Lástima. Es idéntico al monte Fuji. Pasamos la noche en una cabaña de madera. Inolvidable dormir y regalonear bajo 6 mantas sintiendo un aguacero y un ventarrón feroces y, sobre ellos, los graznidos de otro mundo de las extrañas aves que habitan los crecidísimos árboles de la orilla. Horas antes, nos habíamos consentido un festín en el mercado artesanal de Angelmó: curanto en olla con chapalele y milcao, empanadas de jaiba y de camarones con pebre. En uno de los abigarrados puestos -donde se superponía toda la mercadería del mar y de las profundidades abisales- me permití además un capricho muy económico aquí, medio kilo de carne de erizos de mar (es como saborear "una ola de tempestad" según Julio Camba) de la que di luego buena cuenta en la cabaña y que he aborrecido de por vida. Con una dieta de pan y naranjas aguantamos hasta Puerto Varas, adonde nos persigue el diluvio. El mismo que nos fulmina el paraguas bajo los pináculos rojos de la iglesia del Sagrado Corazón. Envueltos en cortavientos de plástico, pasamos las últimas, chorreantes y chapoteantes horas en la Región de los Lagos. Aún hay tiempo para picotear algo en amasanderías del camino (un completo, una papa rellena, un chacarero) y para leer con sumo interés Aún no ha sido todo dicho, el libro de Cristián Warnken que nos regaló la tía Hilda. De regreso a la Carretera Austral. Portamos en los ojos, en los oídos, en la pituitaria, la esencia imputrescible del boscaje, de la lluvia cabal, del aire íntegro, del olor vigoroso y alpino de la madera de raulí.


28 de agosto. Fiesta de despedida.

     Departamento de la tía Prisy en un elevado edificio en Recreo, con vistas privilegiadas a los fuegos artificiales sobre el mar en Año Nuevo. Priscila (ella y la abuela María nos ayudaron con el viaje) tiene una voz literalmente cantarina, un aura relajada, espiritual. Confecciona pequeños y primorosos vitrales (lámparas, bandejas, colgantes). Un organillero, con su mono, ameniza un cumpleaños infantil en el patio comunitario. Saludable almuerzo vegetariano: budín de cochayuyo, pascualina, chicha morada, vino Casillero del Diablo y bajativos. Confraternización. Todos me tratan como a alguien de la familia, ni siquiera llegué a notar a la curiosidad mutando en afecto. El afecto ya estaba ahí. A veces, una palabra a destiempo devuelve al presente alguna vida anterior de Marina, una foto o una observación involuntaria me recuerdan que Marina se ha visto obligada a cultivar la fenixología, el arte de hacerse añicos y recomponerse. Huele a cilantro. Tras la "once" (perpetuo aguacate, esponjosos berlines, surtido de té), el tío Héctor se arranca -para sorpresa de todos- con un emocionante recitado íntegro del extenso poema Sembrando, de Marcos Rafael Blanco Belmonte. La tía Prisy lo releva con naturalidad y despliega los versos de Cosecha, de Julio Barrenechea. Y, como fin de fiesta, una cueca. Bailan alegres las ménades Hildita, Elena chica, Prisy y Marina. Grabo a mi linda Marina levantando sonriente el pañuelo blanco sobre su cabeza, haciendo requiebros atávicos con su cintura y sus piecitos. Feliz, afortunado, henchido de orgullo por mi mejor mitad, mi chascona, mi compañera, la mujer más hermosa y más creativa, canela en rama, prodigiosa fruta terrenal, sirena cuyo canto no puedes desoír.


29 de agosto. Atlántico.

      Marina invirtió todo el importe de su último premio de poesía en este viaje extraordinario, se quedó sin nada, se obstinó en que yo no viajara sólo con la imaginación, en que conociera el fabuloso Nuevo Mundo, su familia y los lugares de su infancia. A su generosidad debo el obsequio de haber asistido al primer día de la creación, a los orígenes de la tierra (glaciares, volcanes, desiertos, cordilleras). Ojalá hubieran podido acompañarnos mis hijos Ángel y Laura. Un país remoto, en las antípodas, "donde el diablo perdió el poncho". Gratitud eterna. Otro viven bajo el hechizo del progreso, o bajo el embeleso engañoso y superficial del presente. Yo vivo bajo el hechizo de Marina, bajo el encantamiento de su bondad y su nobleza. No me ha sido negada la dádiva del verdadero amor. Marina, mi Chispitilla, mi luz necesaria, mi oxígeno, mi espejo vital. Espejos ambos lisonjeros, respetuosos y apasionados. Privilegio de una mutua idolatría. Nuestro lema: ni un segundo el uno sin el otro. Este vuelo: un paréntesis laboral y de tribulanzas menores (me olvidé las gafas de lejos en la mesa, la llave quedó por dentro en la cerradura, y sin echar), una forma de contener el galope de la edad, de demoler la cómoda y venerada rutina, de expiar cierta cobardía y apatía ante la vida. Antes de dormirse en mi hombro, ya sobre Brasil, Marina me recita con su voz dulcísima los versos de Ángel González: "Cuando es invierno en el mar del Norte/ es verano en Valparaíso". Hemos de volver. Probar el caldo de congrio. Contemplar el desierto florido de Atacama. Subir a las Torres del Paine. Andar entre los moais de la Isla de Pascua. Nacer es siempre llegar a un país extranjero, como acostumbra a recordar Fernando Savater que decía un sabio griego. Esta travesía, estos balbuceos: figuras, improntas, relámpagos, fragmentos de paisajes exteriores e interiores que ni siquiera a un buen observador le bastarían para hacerse una idea somera del conjunto, como astillas de un navío hundido.